Clase con Germán

 

 


     Linda Sherlson era una chica estadounidense. A sus 15 años, había estado en un intercambio intercolegial en mi secundario, “Colegio Santa Lucidez”, una escuela privada. El intercambio se hizo con mi compañera, Luisa Siphu, quien se fue al colegio pupilo de Linda, en Estados Unidos. Luisa, además, era la hija de mi entonces psicólogo, Dionisio “El Barba”. El intercambio entre las pupilas se hizo entre junio y agosto. Linda viajó durante las vacaciones de invierno argentinas y le tocaron algunas semanas de clases, pero Luisa estuvo allá durante el receso escolar del hemisferio norte. La hija de mi entonces psicólogo estuvo bajo la tutela de la preceptora “Miss Nanny”, que además era niñera. Nanny nunca quiso que se sepa su verdadero nombre en el colegio, por su personalidad solemne. Luisa contó que cada vez que le preguntaban cómo se llamaba, ella se limitaba a decir: “Mi nombre es irrelevante, lo importante es que no se hagan los listos por los pasillos y vayan a clase”.

     El Santa Lucidez no era pupilo, pero los directores hicieron una excepción para ganar plata con el intercambio. Ahí Linda estudió parte de tercer año. Ella dormía en bolsas de dormir, en el aula de 5º B. La chica, la mayoría de las noches, se quedaba bajo el cuidado de Germán, el chico que pasaba lista en las clases y profesor de físico – química en tercer año. Era un muchacho petiso, rengo, anteojudo, con granos a más no poder y pelo casquito, rojo oscuro. A veces, cuando él no podía, estaba Chiche, la jefa de área de ciencias sociales y profesora de educación cívica en primer año. Era muy amorosa y de gran corazón. En cambio, Germán, era intolerante con Linda, no la dejaba ir a la biblioteca, la retaba todo el tiempo y siempre hacía un ruido insufrible con el tenedor cuando cenaban. Él le tenía envidia a Linda. A ella le generaba cierta incomodidad estar con él a solas. Hasta el día de esta historia nunca había pasado nada. Para desayunar le daban jugo Addes y ella se bañaba en el jacuzzi secreto del director, Don Barbárico Santo Miércoles de Gerárdiz, a veces conocido como “Don”.

     En las vacaciones de invierno, Germán se quedó con ella durante la primera semana, y la segunda Chiche. A fines de agosto, terminó el intercambio y cada una de las estudiantes volvió a su país.

     En el colegio Santa Lucidez, los chicos estábamos divididos en cuatro casas: roja, verde, azul y beige. Yo pertenecía a azul y a Linda la incluyeron en roja. Usualmente me sentaba solo, y Linda venía siempre al lado mío, ya que nadie quería estar con ella. Conversábamos fluidamente, siempre teníamos un tema para hablar. Nos hicimos amigos. Un fin de semana largo, Germán se fue a Mar de las Pampas con su tía Mirna. Linda no tenía a dónde ir y yo le ofrecí la casa de Vicente López de mi papá. La habíamos pasado muy bien, salimos por el río, el vial costero y a tomar algo por esa zona.

     Esto es lo que sucedió después de las vacaciones de invierno, en la primera clase de clase de físico – química:

     Entró el profesor Germán al aula. Estaba vestido con pantalones blancos y ajustadísimos, una camisa que le quedaba corta y zapatillas viejas. Habló con su voz aparatosa e infantil.

     Germán: Hola, chiquilines, chiquillos, alumnosss, estudiantes y qué se yo qué más.

     Pipi: ¡Accionista político!

     Andrés Sallinetty: ¡Músico!        

     Yo (agregando confiadamente): ¡Artistas!

     Ximón: ¡Dibujante!

     Germán: Bueno, bueno, ya, ya, ya (hizo un gesto de rechazo con la mano), muchas cosas en resumen, pero ahora son sólo estudiantes. Qué…, ¿qué tal las vacaciones de invierrrrrnnnno, che?

     Kevin y Ramiro: Biennnnn.

     Sopeti: Mallll.

     Jeropa: Más o menos…

     Germán: Bueno unnnnn poquiti…to lamento que no la hayan pasado del todo bien algunos, pero acá se viene a estudiar, no a vacacionar, así que hubieran aprovechado dos semanas atrás.

     Germán clavó sus ojos en Linda Sherlson y ella le lanzó una mirada asesina. Linda recordó los malos momentos que él le hizo pasar en la primera semana de vacaciones de invierno, como cuando la interrumpía en el patio haciendo malabares y chistes tontos. El profesor esquivó la mirada y nos habló a todos.

     Germán: Bien, ¿alguien sabe qué es la velocidad?

     Langa levantó la mano.

     Germán: Qué raro…, vos no levantás la mano ni para subirte los pantalones, pero dale, démosle una oportunidad al rey de la fiaca a que nos sorprenda. Adelante, Fernando.

     Langa: Es la rapidez con la que uno hace las cosas y llega a los resultados.

     Germán: Hasta la mitad ibas bien, pero al final la tenías que arruinar. Como diríamos en el coloquial argentino: la re cagaste… (Eliana, Rosana, Luli y Mariana se rieron), ¿qué es lo tan gracioso, queridas? De a una empezando de derecha a izquierda me dicen la verdad.

     Eliana: Y…, me da risa porque cómo puede haber gente tan joven que sea tan veloz haciendo las cosas que hay que hacer… y otros adultos de 35 años no lleguen ni a la vuelta de la esquina.

     Germán: Muy graciosa, querida, adivinaste mi edad. Pero…, dejame ver la lista, Eliana, ¿no?

     Rosana (susurrando): ¡Respondele que no!

     Eliana: No, Rosana.

     Rosana: ¡Garca!

     Germán: Un menos en esta clase y dos puntos menos para Beije. Ahora vos, rubiecita.

     Rosana: ¡Ejem!, Eliana.

     Germán: Eliana, ¿qué era lo tan gracioso?

     Rosana: Tu toque final, tan argentino y tan al pie.

     Germán: Ajá, muy bien. Gracias por el alago.

     Eliana (susurrando a Rosana): Gracias, boluda.

     Germán: Usted, Luli, ¿qué es tan gracioso?

     Luli: Bueno, que los veloces serán fiaca en muchas cosas, no levantarán la mano ni sus pantalones, y sin embargo levantan otras cosas…

     Germán: No entendí, pero bueno. Creo que levantan cigarrillo. En fin y por último… Vos, no recuerdo el nombre.

     Mariana: Mariana.

     Germán: Mariana, ¿qué es tan gracioso?

     Mariana: La supuesta equivocación: que se llega a resultados. Porque si no se llega a resultados, ¿para qué existe la velocidad, sólo para matarse?

     Germán: Nooooo, la velocidad es una magnitud física. Miren, les muestro una flecha…

     Dibujó una flecha en el pizarrón y recibió una tiza. El profe se dio vuelta.

     Germán: ¿¿Quién fue??

     Todos: ¡Nadie!

     Germán: Ah, por ahí se cayó del techo. Bueno, como les vengo explicando esto es una flecha laaaaarga, laaaaarga que llega a un punto.

     Dante: Como la pija de Langa.

     Ximón: Re que la de Germán no llega a ese punto.

     Leilo: Ni a ninguno.

     Renata: Ay, cómo pueden ser tan cochinos…

     Germán: Escriban todos que entienden por velocidad. ¡Vamos!, ¡rápido!, ¡ahora, que me lo llevo a mi casa y va con nota!, ¡lo que se les ocurra!, ¡ya, ya, ya!

     Celina: Sí…, ya entendimos tu rapidez, profe. No hace falta que explicite más de lo que nos graficó de usted.

     Germán: ¿Qué grafiqué de mí mismo, señorita Celina, mi alumna ejemplar diez con cincuenta?

     Celina: ¿Quiere que se lo explique? (pestañeó sus ojos).

     Germán: Por favor.

     Celina: Y que a usted le faltan unos cuantos casilleros para llegar al punto…, o sea, le falta velocidad, se quedó atrás, ¿me explico? (hizo una seña con los dedos pulgar e índice de entendimiento).

     Germán: ¡ME HA DESEPCIONADO CELINA! Diez puntos menos a beige por irrrrrreverencia (Celina soltó una risa con la nariz), una crucecita en el casillero tuyo el día de hoy, que espero, no te afecte a tus altas notas y susceptibilidades (Celina se echó a reír), pero eso sí. Soy generoso, no te mando a firmarrrr. ¿Me querés? (Celina bajó la cabeza y se puso a escribir). Celi…

     Celina: ¡Estoy escribiendo tu consigna!

     Germán: Ah, sí… (dio vueltas alrededor y vio que Jacinta dormía). ¡BUH! (le gritó enojado).

     Jacinta: ¡Ay, me despertaste y me asustaste!

     Germán: A firmar por dormir en clase, a ti sí que no te tengo ni el respeto ni la compasión que le tengo a tu compañera Celina que te salvó el tp 3 grupal. Podrías aprender un poquito de ella.

     Jacinta: ¡Malo!

     Jacinta empujó la mesa y se fue corriendo. Germán la acomodó nuevamente, haciendo un ruido insufrible e inaudito. En vez de levantar la mesa, la arrastró.

     Renata: ¡Ay, qué ruido insoportable, profe! (se tapó los oídos).

     Germán: Perdón, Renata.

     Renata no le contestó, lo ignoró y continuó escribiendo. Germán se sintió un tanto frustrado en toda la clase, ya que nadie le dio pelota. Los alumnos nos sentíamos hartos del profesor y lo mejor que pudimos hacer fue hacernos los indiferentes.

     Linda recordará esta clase como la más graciosa de su vida, en donde todos los alumnos, un tanto atrevidos, le pudimos ganar a un pobre patético que abusaba del poder.

 

Eliana

 

Rosana


Luli


Mariana



 

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