Historia de la bruja Irene

 

En la calle Rawson 1914, había una casa de dos pisos, de paredes amarillas y el techo, marrón claro, colores que habían elegido los últimos dueños. Tenía un amplio jardín con pileta y quincho. En su interior, escaleras caracol comunicando los ambientes y un ascensor. En el subsuelo funcionaba un taller de arte con varios elementos, tales como: hornos, arcilla, masa, plastilina y témperas de los colores más inusuales que se puedan imaginar. Allí había una biblioteca con una gran colección de libros sobre pintores, historietistas clásicos, caricaturistas y revistas sofisticadas con ejercicios “paso a paso” para hacer stop motion con dibujos. 

La habitaba una familia de fantasmas: la señora y el señor Pallerson. Marisa Pallerson era flaca, alta, de pelo ondulado, largo, grueso y blanco. Usaba anteojos, tenía ojos grises vivaces y una nariz puntiaguda.

El señor Marvolo Pallerson era delgado, tenía una barba angosta y corta, ojos púrpuras, bigotes finitos y cabello ondulado, espeso y gris.

Ellos tenían dos hijos, también fantasmas. Uno se llamaba: Bantrohdeg —le decían “Bant”—, y el otro Castumber —y lo apodaban “Cast”. Bant tenía 12 años, era muy creativo, imaginativo, pero algo miedoso. Cast, en cambio, tenía una personalidad más confianzuda, le gustaba la acción y le daba ánimo a su hermano mayor, con sólo 10 años.  

Los cuatro trabajaban en el taller del subsuelo. Hacían esculturas con arcilla, vajillas en cerámicas, maquetas y personajes en plastilina para películas y dibujos animados. ¡Una familia de artistas!

Simultáneamente, la bruja Irene, vivía en esta casa, que un día había encontrado abandonada. Ella era muy alta, delgada, de piel rugosa y nariz respingada. Su cabello lacio y rubio caía hasta la cintura, llevaba unos anteojos redondos que resaltaban sus pestañas grandilocuentes. La varita de plata que utilizaba para sus trucos, la usaba con moderación, porque era muy cautelosa. 

Desde hacía años que no pagaba el alquiler, ni el gas, ni la luz, ni ningún otro servicio. Trabajaba con una laptop, desde el escritorio, en la sección financiera de brujas. Ganaba bastante bien y se gastaba el sueldo en comida de lujo. Al poco tiempo de instalarse, adoptó el gato de su querida amiga Galegria Corrán, la bruja comerciante que tenía misiones en diversas puntas del país, a cambio de otorgarle trabajo provisorio en el Banco Nacional de Brujas Argentinas

El felino se llamaba Ramón y tenía un pelaje muy corto, sedoso y azul brillante, y unos vivaces ojos rojos, que se iluminaban hasta en la más recóndita oscuridad. Su pecho, la punta de su cola y cara eran celestes como el cielo profundo, sus orejas oscuras y altas, se movían hacia los costados cada vez que tenía sed, y su nariz redonda la giraba cuando estaba aburrido. De carácter era muy meloso, pero cuando se enojaba hacía un gemido chirriante, que incluso, apartaba a los fantasmas y, a veces, entorpecía las tareas de la familia Pallerson. Ramón acompañaba a su dueña sobre su falda —especialmente cuando ella usaba vestidos de lana—, y con sus guiños o gestos le daba ideas cada vez más macabras, respecto del trabajo. El gato se alimentaba con leche en polvo y cuervas/os que Irene cazaba del jardín especialmente para su “chiquito”. 

Además, había contratado a una empleada, Fabiana. Era una mujer de estatura baja, flaca, tez muy oscura, pero con naturales ojos turquesas y cabello rubio nórdico, lacio y extendido hasta las rodillas. Trabaja en negro y vivía en la casa. Ella era adivina. Dormía en un cuarto de servicio, al que había convertido en un santuario y ahí tenía su bola de cristal. Irene y Fabiana nunca habían visto a los fantasmas, pero la segunda le advertía de los malos espíritus y las almas cesantes que rondaban el ambiente. A veces había ráfagas de viento que surgían de la nada, incluso en verano. Ramón, al bajar las escaleras, siempre estornudaba aunque no hubiera polvillo. 

Cuando Irene decidió habitar la casa, ya había muchos dibujos con témpera pegados en las paredes del living, que la bruja calificó de infantiles. Ella le había pedido a Fabiana, en reiteradas ocasiones, que los saque. La empleada obedecía a las órdenes de su patrona, pero misteriosamente los dibujos volvían a aparecer en las paredes. Y si bien los rasguños de Ramón arruinaban estas obras de arte, sus marcas iban desapareciendo al correr de los meses. A veces, cerca del árbol de su vereda, se encontraban maquetas. “Ah…, deben ser de la boluda de mi vecina Laura, que va a la facultad de arquitectura, y, al terminar los proyectos, las tira en mi árbol… La voy a dejar pasar. Seré bruja, pero soy tolerante”, pensó Irene.

Irene asesoraba brujas online, en una época en donde las redes sociales aún no eran muy concurridas. Miraba los currículums de chicas entre 18 y 25 años, para conseguirles trabajos: venta legal de pociones para el cabello, administración de castillos clandestinos, software para detectar piratería, realización de programas de computación como: “Hechizate a ti misma y lograrás hechizar a tu enemiga”, escritura de cuentos adulterados para adolescentes, entre otros. Muchas estaban agradecidas. Una de ellas, Juana Del Caldero, la contactó por chat y quiso visitarla a la casa. “No, mirá, en primer lugar, te agradezco muchísimo el gesto, pero yo prefiero conservar lo personal fuera de lo profesional. No me parece prudente. Puede afectar la relación trabajo – sentimental”, le contestó Irene, mientras Ramón le hacía una mueca como aprobación y movía la punta celeste de la cola. De esa manera, se aseguraba que nadie conociera su vivienda o, mejor dicho, su ilegalidad.

Los fantasmas sí podían ver a la “dueña”, al gato y a la empleada. Entonces guardaban los dibujos, esculturas, muñecos de plastilinas, en una fosa secreta que había en el armario del subsuelo. Pero las maquetas inevitablemente las tenían que sacar a la basura una vez terminados los proyectos de cine, ya que ocupaban demasiado espacio. También decoraban la casa con dibujos hechos con témpera que consideraban más destacables. Ellos, en cambio, no debían esconderse, ya que nadie los veía. Los cuatro eran conocidos por una institución fantasmal que los protegía de las “Brujas caza – fantasmas”. La familia Pallerson entregaba sus muñecos, maquetas y otros elementos a productores de televisión anónimos, para poder producir las películas infantiles. Marisa, Marvolo y sus hijos solían ganar mucha plata de buena ley, con la que tenían para comer, pagar las cuentas de la casa y comprar los materiales necesarios para hacer las obras de arte. También vendían algunos de sus dibujos. Era, como se dice, una familia de artistas.

 

 

Una tarde de invierno, particularmente fría, en el año 2008, tocaron la puerta de la casa por primera vez desde hacía cuatro años. “¿Quién será?”, pensó Irene, mientras tipiaba en su laptop. Fabiana abrió:

—Ho…la —saludó la empleada.

—¿Usted es la dueña de esta casa? —preguntó un señor vestido de azul.

—Sí…, ¡claro! —respondió Fabiana con mucha emoción. Por un instante, se imaginó que podría tener un puesto. Irene, desde el escritorio, escuchaba y se le contrajeron las pupilas del enojo.

—Va a tener que acompañarme, por favor —el señor habló en tono más serio. 

—Pero, ¡¿qué está pasando?! —preguntó la empleada, desesperada. 

—Usted ocupa una casa fantasma y los vecinos de la manzana, se quejan de que pagan un 100% más de luz, gas, agua e impuestos.

Irene, habiendo prestado atención a esto último, hizo una media sonrisa.

—No, yo no fui. Fue la señora.

—Acompáñeme a declarar —el hombre la llevó del brazo hasta un auto de policía, entraron y este arrancó hasta la comisaría.

Irene caminó sigilosamente hacia la entrada, tratando de que los vecinos no la vieran desde afuera. Cerró con llave. Pero la cerradura se abrió sola y la puerta golpeó a la dueña de la casa. Ella la empujó de una patada. De repente, la bruja sintió un cosquilleo por todas partes del cuerpo. “Hace un frío de morirse”, se dijo a sí misma. Agarró una roana del perchero principal. Cuando se la puso sobre los hombros, un montón de hormigas empezaron a caminar sobre su piel.

—¡Ahhhh! —gritó y largó el abrigo al suelo. Las hormigas en filas continuaron caminando, mientras ella las perseguía, empecinada en buscar su cueva, se topó otra vez, con los dibujos cubriendo las paredes del living. 

—Pero, ¿qué?, ¿nunca los saca esta tipa? —unas hojas se levantaron del piso y se pegaron solas a la pared con cinta scotch—. ¡Noooo! ¡Malditos dibujos de mierda! —Irene miró ultra sorprendida y sin perder de vista a los insectos, entró a la cocina. Tiritaba de frío. “¿Qué hago? ¿Qué hago?”, pensó.

—¡Buh! —dijo una voz que provenía del aire.

—¡¿Quién es?! ¡Identifíquese! —agarró su varita mágica del bolsillo de su pantalón y la agitó:

—¡Identifikandium! —saltó una chispa amarilla, pero nada sucedió. Apuntó a las cerraduras de las dos puertas de la cocina y las bloqueó.

—¡Iiiiiiajuuuuu! —gritó una voz que venía de abajo. Irene bajó por una mini escalera caracol, pasó por el cuarto de servicio donde encontró un alboroto: la bola de cristal fragmentada, santos rotos y caídos —en excepción al Santo Ratón—, ropa desparramada por el suelo, Ramón durmiendo muy profundamente arriba de un nido gigante fabricado con mimbres, sobre la cama de Fabiana, un bowl con leche, unas pastillas alrededor y la jaula de cuervas/os abierta, con plumas negras. “Fabiana y su brujería ridícula no sirven para un carajo”, pensó Irene, empujó con el pie los restos de esa bola y cerró la puerta. 

Siguió bajando por la escalera caracol, hasta llegar al subsuelo. Abrió la entrada y en esa habitación encontró un montón de esculturas hechas con cerámica, en las que retrataban a las “brujas caza – fantasmas” y había muñecos hechos con plastilina sosteniendo carteles que decían escrito: “¡No a la brujería! ¡Sí a la magia!”, y uno más grande: “Los fantasmas también merecemos ser escuchados”.

—Yo asesoré a treinta administradoras y ejecutivas de castillos clandestinos para que saquen esto, y miren lo que me devuelven, ineptas, traidoras… —con sus manos agarró los muñecos de plastilina y los iba aplastando—. Malos, malos, malos.

Una bolita de plastilina se le tiró a la nuca de Irene:

—¿Qué fue eso? —se dio vuelta. Agarró su varita de nuevo y la agitó apuntando a unas maquetas de castillos fantasmales.

—¡Salute! ¡Salute! ¡Salute! —las maquetas empezaron a chorrear un líquido violeta y se fueron derritiendo—. ¡Límpiate! —las fue absorbiendo con la varita.

La puerta del subsuelo se abrió y se abalanzaron un montón de hojas con dibujos hechos con témpera, en su mayoría, de familias de cuervas/os.

—¡No…! —la bruja usó la varita como espada y con ella iba cortando las hojas. Luego se escondió en el armario y se encerró. Al pisar una alfombra del mismo, cayó en una fosa secreta. El fantasma Bant, abrió la puerta y vio al cuerpo de Irene, tendido en el fondo: 

—Oh, no, matamos a la dueña.

—Era una bruja “casa - fantasmas”, hermano —se asomó Cast

—Sí, pero eso no justifica lo que hicimos —replicó Bant.

—Cayó en su propia trampa —la madre, Marisa Pallerson, se acercó—. Ustedes no hicieron nada malo. Sólo protestaron contra la injusticia de asesoramiento a nuestra extinción. Además, ella hizo ocupación ilegal de nuestra casa, sin pagar cuentas, viviendo de arriba…

—Pero yo pensé que eso sólo lo hacían los ladrones —dijo Bant.

—Ay, qué ingenuo sos a veces, angelito —Marisa le hizo unos toquecitos en el hombro a su hijo mayor—, hay personas que lucen de una forma, pero en el fondo no lo son…

—¿Llamamos a la policía? —preguntó el padre preocupado—. La que me da pena es Fabiana, que se entregó por culpa de esta bruja.

—Ay, mi amor, vos sos otro ingenuo. Claro, de tal palo tal astilla, ji, ji, ji… Fabiana era la que sabía desde el principio que estábamos nosotros, tras la bola de cristal y nos trató de exorcizar con sus santos. Ella es aún peor.

—¿Y el chiquitiiiiiiiiiito de la brujiiiiiiii…? —preguntó Cast en tono burlón, pero Bant le tapó la boca.

—En sus aposentos el bello durmiente —respondió la mamá—, como un pasivo príncipe azul, que es el color de su pelaje.

Cast se rió, Bant le sacó la mano y la sacudió.

—Pues que ese gato no me caía tan mal —dijo el menor de los hermanos Pallerson.      

Finalmente, Marisa y Marvolo hicieron la denuncia a la Policía Protectora de Fantasmas, en la que contaron lo que sucedió ese día y las injusticias que vivía su especie a causa de la brujería. Aun así, se le hizo un entierro digno a Irene, en el “Cementerio de las Brujas” del barrio Tigre, al que asistieron Galegria Corrán, el marido y muchas jóvenes que creían ciegamente en ella. Lucían velos que caían de sus sombreros puntiagudos, anteojos oscuros con vidrio polarizado, vestidos largos, apretados, con tiritas y negros. También fue la familia Pallerson, a quienes las humanas recibieron con alto escepticismo, especialmente las que administraban castillos clandestinos. Los acompañó el gato, quien, muy triste, le dio un último lamido a su ex dueña con su lengua color violácea. 

—Qué asco —susurró Rita de las Pócimas a su amiga que jugaba con sus pegajosos mechones verdes, mientras miraba la escena del felino y rezaba con sus manos cubiertas por guantes de goma negros.

—Pareciera que ese lindo gatito se robó las pociones que le vendí a Cruella Designer para su cabello —le dijo mientras se peinaba con sus uñas las cejas verdes oscuras. 

—¡Ese gato le tuvo mucho cariño de verdad a la líder de ustedes! —defendió la señora Pallerson, tras escuchar a la mocosa. 

El resto del evento fue en paz. La despidieron cordialmente y muchas le tiraron pétalos negros. A lo último, Galegria recitó un poema en nombre de ella, mientras su esposo silbaba una música melódica. 

A raíz de la denuncia de los señores Pallerson, los policías investigaron sobre las tareas que la bruja les mandaba a sus fieles seguidoras y se declaró ilegal la “Caza de Fantasmas”. Muchas de esas chicas se vieron defraudadas y tuvieron que buscar trabajos en otras áreas. Algunas le pidieron ayuda a Galegria para que las emplee en su Banco Nacional de Brujas Argentinas, quien en un principio las cobijó amablemente, pero más adelante las haría trabajar arduo y duro en las calurosas cámaras de oro argentino. Otras, por ejemplo, comenzaron carreras universitarias tardíamente y suspendieron sus fotolog para que sus amigas/os no sepan la edad ni la profesión. Y Juana del Caldero, la más fan de Irene, se hizo monja y comenzó a trabajar en una iglesia “sanando espíritus”, continuando el legado de Fabiana.

A los espectros se los reconoció como seres con derechos y obligaciones. Algunos tuvieron que acostumbrarse a pagar su renta, pero la familia Pallerson no tardó en hacerlo. Ellos adoptaron a Ramón. Él era el único que extrañaba a Irene. La buscaba todo el tiempo, hasta que más tarde se cansó. Debió aceptar, muy a su pesar, la nueva dieta de los verdaderos dueños: comida para gatos y agua.

 

 

Moraleja: No vivir de arriba. Nada es gratis.

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